Saneamiento comunitario en Chiapas: el derecho que aún no logramos habitar
- Cántaro Azul

- hace 1 día
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El pasado 21 de abril, en la comunidad de Batzel, municipio de Chilón, Chiapas, comunidades de Sitalá y diversas organizaciones de la sociedad civil participaron en un intercambio de experiencias sobre saneamiento, convocado por la Alianza Crecer Juntos Sitalá.
A simple vista podría parecer un encuentro más sobre baños secos. Sin embargo, lo que ocurrió en Batzel revela un reto profundo en la agenda de los derechos humanos al agua y al saneamiento: no basta con la construcción e implementación de tecnologías; hay que lograr que sean comprendidas, usadas, cuidadas y sostenidas por las comunidades en el tiempo.
Durante la jornada, las y los participantes recorrieron experiencias de baños secos implementados en la comunidad con el acompañamiento de la organización Cooperación Comunitaria. Las familias hablaron directamente sobre su uso y mantenimiento, y dialogaron sobre los desafíos que enfrentan en la vida cotidiana. Este tipo de espacios permite compartir lo que se ha hecho para lograr una adecuada gestión del conocimiento, ya que se evalúa colectivamente qué funciona, qué no funciona y por qué.
Precisamente ahí está una de las claves del saneamiento comunitario en Chiapas. Una tecnología puede estar bien diseñada, pero si no se apropia socialmente, si no se entiende su sentido, si no hay acompañamiento, mantenimiento y educación continua, difícilmente se sostendrá. En el caso de los baños secos, esto implica hablar de uso adecuado, separación de residuos, manejo de la caca (o excretas), compostaje, limpieza, cuidados familiares y acuerdos comunitarios.
Hablar de saneamiento implica hablar de algo que casi nunca queremos nombrar: ¿qué hacemos con nuestra caca? En muchas ciudades y hogares pareciera que el problema termina cuando jalamos la palanca del baño. El agua se lleva todo, incluso nuestra responsabilidad. No vemos a dónde llega, qué contamina, quién lo trata, quién vive cerca de los ríos afectados ni qué instituciones deberían garantizar que esa mierda no termine dañando la salud y el territorio.
La caca no desaparece: alguien, en algún territorio se hace cargo
La pregunta no es menor. La Organización Mundial de la Salud señala que, en 2020, el 44% de las aguas residuales domésticas generadas en el mundo se vertieron sin ser tratadas de manera segura. También advierte que más de 1,500 millones de personas siguen sin acceso a servicios básicos de saneamiento, como retretes o letrinas privados. Es decir, lo que muchas veces llamamos “jalar la palanca” puede significar, en realidad, trasladar el problema a otro lugar.
En Chiapas, esta discusión es urgente. En enero de 2026, reportes basados en declaraciones de Felipe Irineo Pérez, entonces director general del Organismo de Cuenca Frontera Sur de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), señalaron que el estado genera alrededor de 135 mil metros cúbicos de aguas residuales al día y solo trata cerca del 30%. El mismo reporte indica que ninguna de las 338 plantas de tratamiento ubicadas en 41 de los 124 municipios cumplía entonces con la normatividad ambiental vigente.
Este dato no debe leerse solo como un problema técnico. La NOM-001-SEMARNAT-2021 actualizó los límites permisibles de contaminantes en descargas de aguas residuales en cuerpos receptores propiedad de la nación, con el fin de proteger, conservar y mejorar la calidad del agua. Que muchas plantas no cumplan con la norma muestra que el saneamiento no se resuelve únicamente construyendo infraestructura; requiere operación, mantenimiento, presupuesto, vigilancia, actualización técnica y voluntad pública sostenida.
Por eso, las ecotecnologías como los baños secos pueden ser alternativas pertinentes y sostenibles, sobre todo en contextos donde no hay drenaje, plantas de tratamiento o acceso continuo al agua. Pero su éxito depende de algo más que su instalación. Requieren procesos comunitarios sólidos, acompañamiento técnico, sensibilización y corresponsabilidad.
El encuentro en Batzel dejó una lección clara: la apropiación comunitaria es indispensable, pero no puede convertirse en una forma de trasladar toda la responsabilidad a las comunidades. Las familias y comités pueden usar, cuidar, evaluar y sostener soluciones; las organizaciones de la sociedad civil podemos acompañar procesos, facilitar aprendizajes y fortalecer capacidades; pero el Estado y las instituciones públicas tienen obligaciones concretas para garantizar condiciones, recursos, asistencia técnica, infraestructura adecuada, regulación y seguimiento.
La corresponsabilidad tampoco termina ahí. Como sociedad, también necesitamos preguntarnos qué pasa con lo que producimos y desechamos. La caca no desaparece porque dejemos de verla. Las aguas negras no dejan de existir porque salen de nuestra casa. Todo lo que arrojamos al drenaje, a una fosa, a una barranca o a un río tiene consecuencias sobre otras personas, otros territorios y otros cuerpos de agua.
En Batzel se compartieron experiencias, pero sobre todo se generaron aprendizajes. En un contexto como Chiapas, donde la crisis hídrica convive con profundas desigualdades, aprender colectivamente no es un lujo, es una condición para avanzar hacia soluciones verdaderamente sostenibles.
El saneamiento no empieza cuando se construye un baño ni termina cuando jalamos la palanca. Empieza cuando nos hacemos cargo (comunidades, instituciones y sociedad) de lo que producimos, de lo que desechamos y de los territorios a donde va a parar aquello que preferimos no mirar.
































