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Mujeres y agua: entre la sobrecarga invisible y la disputa por la igualdad

En muchos territorios rurales, indígenas y en contextos de exclusión, las mujeres son actoras clave en la gestión comunitaria del agua, pero siguen enfrentando una fuerte desigualdad y discriminación que limitan su reconocimiento y su participación en la toma de decisiones. Su relación con el agua atraviesa el cuidado, la salud, la organización comunitaria y la vida cotidiana. Hablar de mujeres y agua es hablar de justicia hídrica, derecho humano al agua y equidad. El 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, y el 22 de marzo, Día Mundial del Agua, invitan a mirar de manera crítica este contexto.


mujeres participando en la gestión del agua
mujeres participando en la gestión del agua

El Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2026 es claro: en 2024, 2,100 millones de personas aún carecían de acceso a agua gestionada de forma segura, 3,400 millones no tenían saneamiento gestionado de forma segura y 1,700 millones no contaban con servicios básicos de higiene en sus hogares. Cuando estos servicios faltan, la responsabilidad de conseguir agua recae casi por completo en mujeres, niñas y niños, quienes se exponen a esfuerzos físicos, riesgos para la seguridad y a una sobrecarga del trabajo de cuidados, que además no es remunerado.


La gestión comunitaria del agua y las brechas de género

La relación entre mujeres y agua no es secundaria: es histórica. Las mujeres participan desde siempre en el cuidado, uso y gestión del agua, en la agricultura, en la producción de alimentos y en las tareas que sostienen la vida. En muchas comunidades rurales, esa gestión comunitaria del agua ha sido también una forma histórica de organización colectiva que permite a la población autoabastecerse mediante comités, patronatos y trabajo comunitario, muchas veces con capacidades limitadas y escaso reconocimiento institucional.


Sin embargo, ese trabajo esencial no se traduce en acceso equitativo a puestos o cargos de representación, al reconocimiento ni a la toma de decisiones. Muchas veces su gestión ocurre en el ámbito doméstico, donde se naturaliza y deja de verse con legitimidad para la gobernanza del agua.


En América Latina y el Caribe, las responsabilidades domésticas y de cuidado relacionadas con el agua siguen recayendo mayormente en las mujeres, con un reconocimiento prácticamente simbólico. El problema no es solo la desigualdad en el acceso o la distribución de responsabilidades; también hay que mirar la división injusta entre quién carga el agua y quién define las políticas del agua, entre quién resuelve en lo cotidiano y quién ocupa el espacio público de decisión. La justicia hídrica también debe ser justicia de género.


Esta realidad se vuelve más evidente en comunidades donde el agua no llega entubada y la vida cotidiana depende de captar lluvia o caminar para acarrearla. Allí, el tiempo y la rutina de muchas mujeres se organizan entre el abastecimiento, el cuidado de la salud, la preparación de alimentos y la atención del hogar. El acarreo se agrava cuando las fuentes escasean. La falta de acceso a agua segura y saneamiento afecta la vida digna de todas las personas, pero de manera silenciosa perjudica aún más a las mujeres y a las infancias.


Por eso, incorporar la perspectiva de género en el sector hídrico no puede quedarse en el discurso. No basta con nombrarla en leyes o programas si no existen mecanismos operativos, presupuesto y condiciones reales para la participación. La propia ONU advierte que muchas veces la inclusión de mujeres en la gobernanza del agua es apenas simbólica, sin considerar sus limitaciones de movilidad, la sobrecarga de cuidados o su capacidad real de incidir en las decisiones.


Qué debe cambiar para una gestión del agua con equidad

La agenda de equidad en el sector hídrico no se limita a “incluir mujeres”. Exige transformar las reglas del juego. Un piso mínimo para ello implica generar datos desagregados por sexo y eliminar barreras institucionales que impidan la incorporación de las mujeres en la gestión del agua y  de sectores relacionados como la tierra, la tecnología y la formación técnica.


Desde la experiencia de Cántaro Azul, esto no es una discusión abstracta. En distintos procesos comunitarios, el liderazgo de las mujeres ya existe, pero requiere respaldo, acompañamiento y reconocimiento. Fortalecer su participación implica abrir espacios de formación, generar conocimiento técnico, sensibilizar también a los hombres y crear condiciones para que las mujeres pasen de sostener cotidianamente el agua a incidir también en las decisiones sobre su gestión.


No estamos frente a una falta de capacidad, sino frente a estructuras que históricamente han minimizado o limitado esa capacidad. Hablar de mujeres y agua es, en última instancia, hablar de democracia, de cuidado y de justicia hídrica.


No puede haber derecho humano al agua sin igualdad.


A continuación presentamos tres testimonios, tres contextos y una misma realidad: las mujeres son fundamentales en la gestión comunitaria del agua, aunque siguen enfrentando barreras para que su trabajo, su voz y sus decisiones sean plenamente reconocidos.


Cuando el agua falta: cuidados, tiempo y desigualdad

Mujeres y agua: trabajo cotidiano y gestión comunitaria

Participar para decidir: voces de mujeres en la gestión del agua

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