De una aventura entre amigos a una historia por el agua
- Cántaro Azul

- 6 jul
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Hay historias que, con el tiempo, dejan de pertenecer a una sola persona. Eso dijo Ian Balam, al recordar los 20 años de Cántaro Azul: “es una historia que ya no le pertenece a nadie en particular, porque es de todos y de todas”. Y quizá ahí está una de las claves para entender el camino de la organización: nació de una amistad, de una inquietud compartida y de muchas preguntas, pero creció gracias a las huellas de cientos de personas, comunidades y aliadas que la han hecho posible.

Aunque el acta de nacimiento de Cántaro Azul dice 2006, Ian, quien es cofundador de la organización, recuerda que la historia comenzó mucho antes. Antes de la institución, de los programas, de los círculos y de los procesos, estaban él y Fermín Reygadas: dos amigos de La Paz, Baja California Sur, unidos por la confianza, la aventura y una forma intensa de mirar el mundo. “Éramos dos personas que sólo nos teníamos a nosotras mismas, una abundancia de pasión y un entusiasmo en muchos sentidos, ciego”, contó.
Ese origen tiene algo profundamente humano. Ian y Fermín se conocían desde niños, aunque durante años no se simpatizaron. Después, en la adolescencia, se volvieron amigos entrañables, casi hermanos. Una de las imágenes que mejor resume esa etapa es la de dos jóvenes de 17 años cruzando en bicicleta de Tijuana a Los Cabos: 1,700 kilómetros en 12 días. Ian lo recuerda con humor como “este gran viaje de chavos que todavía teníamos bigote de Chocomil”, pero también como una experiencia que sembró algo fundamental en el ADN de Cántaro Azul: la confianza.

Desde 2004, Ian y Fermín comenzaron a visitar zonas rurales, entrevistar a rancheros, analizar agua y buscar soluciones para enfermedades que afectaban especialmente a niñas y niños. Venían del mundo académico, pero pronto entendieron que las cifras globales no bastaban. Frente a los millones de personas sin acceso a agua segura, se preguntaban cómo hacer algo que realmente tuviera sentido.
De esas búsquedas surgieron los primeros prototipos imperfectos, poco funcionales, incluso “feos”, como los describe Ian, pero cargados de una intuición poderosa, que las soluciones tenían que dialogar con la vida real de las comunidades. Ese fue uno de los primeros hitos de Cántaro Azul: pasar de la preocupación técnica a la búsqueda de soluciones apropiadas, cercanas y posibles.

Con los años, aquella iniciativa pequeña se transformó en una organización dedicada a impulsar prácticas sustentables de agua, higiene y saneamiento, desde la salud, la participación comunitaria y los derechos humanos. Lo que empezó como una aventura entre dos amigos se convirtió en un proyecto colectivo que hoy acompaña procesos en comunidades y escuelas de México, especialmente en territorios donde el acceso al agua sigue siendo una deuda histórica.
La historia de Cántaro Azul, como dijo Ian, es “inmensa” y “compleja”. En su centro conservará siempre una imagen clara, la de dos personas que se atrevieron a empezar, muchas comunidades que le dieron sentido al camino y una convicción que sigue moviendo el trabajo cotidiano: el agua no es sólo un recurso, sino una condición para vivir con dignidad.






















